Semblanza épica de una mujer de convicciones
Por José-chino-Bujosa Mieses
Hay seres humanos cuya verdadera estatura no puede medirse por el cuerpo que los contiene.
Mujeres y hombres que parecen haber nacido con una fuerza interior desproporcionada frente a su apariencia física; seres que, cuando una causa los convoca, adquieren dimensiones inesperadas. Virtudes Álvarez pertenece a esa estirpe.
Joaquín Balaguer, que fue durante años objeto de sus protestas, sus huelgas y su oposición política, encontró alguna vez unas palabras que, viniendo precisamente de quien estaba situado en la otra orilla de la confrontación, terminaron convirtiéndose en uno de los retratos más singulares de aquella dirigente popular: “Una mujer frágil, casi etérea, que se mueve impulsada por una portentosa fuerza interior y que obedece, por así decirlo, únicamente a su pasión mesiánica”.
Quizás Balaguer pretendía definir a una adversaria. Terminó describiendo a una mujer excepcionalmente tenaz.
Porque detrás de aquella figura menuda había una voluntad difícil de doblegar; detrás de su voz, aparentemente desprovista de estridencias, había una convicción capaz de desafiar gobiernos, enfrentar aparatos represivos, convocar pueblos y sostener, aun en los momentos de mayor incertidumbre, aquello en lo que creía.
La muchacha de Pizarrete
Virtudes no nació de los salones del poder. Nació en Baní, provincia Peravia, el 7 de febrero de 1960, hija de agricultores, y sus raíces familiares se hundieron profundamente en Pizarrete, donde aprendió desde niña que la política podía significar algo mucho más hermoso que conquistar un cargo: organizar a la gente para resolver los problemas de la comunidad.
Su padre, Manuel de Jesús Álvarez Arias, convirtió prácticamente el hogar familiar en lugar de reuniones comunitarias. Allí se organizaron agricultores, madres, cooperativistas y vecinos; allí se discutieron caminos, escuelas, agua, producción y necesidades colectivas.
Y mientras los mayores deliberaban, una niña llamada Virtudes pasaba listas, tomaba apuntes, escribía cartas y observaba. Todavía no sabía que aquello se llamaba militancia. Pero ya estaba aprendiendo una de las grandes lecciones de su vida: que el pueblo organizado puede transformar su destino.
Su madre, Eleonor Valera Guillén, vinculada también a la vida agrícola y familiar, completaba aquel universo campesino del cual Virtudes nunca renegaría. Porque uno de los rasgos que posteriormente distinguirían su personalidad política sería precisamente ese: jamás avergonzarse de sus orígenes.
Virtudes podía sentarse con intelectuales, dirigentes políticos, diplomáticos y funcionarios; podía intervenir en congresos, reuniones internacionales o debates públicos, pero seguía llevando consigo aquella muchacha surgida de una familia campesina de Peravia. Su origen no era para ella una circunstancia que hubiera que ocultar. Era una bandera. La escuela de la rebeldía.
Luego vendría la militancia estudiantil. Se integró al Frente Estudiantil Flavio Suero —FEFLAS—, donde comenzó a recorrer los distintos niveles de responsabilidad de aquella organización hasta convertirse en dirigente estudiantil. Ella misma situaría posteriormente en aquella experiencia el comienzo consciente de su compromiso político y social.
También conoció temprano la comunicación.
Trabajó en la radio, produjo y comentó programas y comprendió que un micrófono podía ser también una herramienta de lucha. Y así se fue formando la mujer que años después irrumpiría en las grandes jornadas populares dominicanas.
No apareció improvisadamente. Venía caminando desde lejos. Traía consigo el campo, las asociaciones campesinas, las reuniones comunitarias, el movimiento estudiantil, las reivindicaciones de las mujeres y aquella sensibilidad especial hacia quienes casi nunca tenían voz.
Cuando la conocí
A Virtudes la conocí hacia finales de la década de 1980. Ella comenzaba a proyectarse como una de las figuras más carismáticas del movimiento popular, y yo participaba entonces activamente en las luchas gremiales y profesionales, primero desde el Colegio Dominicano de Periodistas y posteriormente como presidente de la Federación Dominicana de Profesionales, FEDOPRO. Eran años difíciles.
Balaguer había regresado al poder en 1986.
La inflación, los apagones, la devaluación, el deterioro de las condiciones de vida y las políticas económicas habían creado un profundo malestar social. Sobre el país todavía pesaba, además, la memoria dolorosa de la rebelión popular de abril de 1984 y su secuela de muertos y heridos.
Las organizaciones obreras, campesinas, estudiantiles, profesionales y barriales comenzaron a encontrarse. Se organizaron huelgas. Paros cívicos.Movilizaciones. El país entraba periódicamente en tensión. Y en medio de aquel hervidero apareció Virtudes.
Recuerdo particularmente una reunión del comité organizador de uno de aquellos paros, celebrada en la Facultad de Economía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Había que escoger la persona que públicamente convocaría la huelga. Varios compañeros propusieron mi nombre. Decliné. Yo era, además de dirigente gremial, redactor político de El Nuevo Diario, y entendía que se produciría una situación complicada: no podía ser al mismo tiempo quien convocara públicamente la huelga y el periodista encargado de convertirla en noticia.
Entonces propuse a Virtudes Álvarez. Ya había observado en ella algo diferente. Carisma. Firmeza. Capacidad de comunicación. Valor. Y agregué un argumento que me parecía políticamente importante: que fuera una mujer quien convocara al país.
La propuesta fue aceptada. Y Virtudes asumió la responsabilidad. No tembló. No retrocedió. No buscó excusas. Convocó. La cárcel tampoco la hizo retroceder. La huelga se realizó. Y Virtudes fue apresada.
Después de recuperar su libertad me contó un episodio que revelaba hasta dónde llegaban los organismos de seguridad del Estado. Durante el interrogatorio, uno de los oficiales le había comentado que a mí me habían propuesto originalmente para realizar la convocatoria y que yo había declinado para proponerla a ella. Aquella conversación solo había ocurrido dentro del comité. Comprendimos inmediatamente que entre nosotros había un informante de los organismos policiales. Más tarde pudimos identificar al infiltrado.
Eran aquellos los riesgos de la lucha. Las reuniones estaban vigiladas. Las organizaciones infiltradas. Los dirigentes perseguidos. Y la cárcel siempre era una posibilidad. Pero ninguna de aquellas circunstancias disminuyó la determinación de Virtudes. Por el contrario. Parecía crecer frente a la adversidad.
De ahí, probablemente, aquella impresión que años después resumiría Balaguer. Frágil por fuera. Portentosa por dentro. Una mujer frente al poder.
Durante aquellos años coincidimos en numerosas jornadas junto a dirigentes sindicales y populares como Rafael —Pepe— Santos, Gabriel del Río, Juan Pablo Gómez, Julio de Peña Valdez, Nélsida Marmolejos, Efraín Sánchez Soriano, Isidro Torres, Andrés Matos —Licho—, Fabio Ruiz y muchos otros protagonistas de aquella época de movilizaciones.
No todos pensábamos igual. No todos procedíamos de la misma organización.Había comunistas, socialistas, socialdemócratas, sindicalistas independientes, dirigentes barriales, campesinos, profesionales y estudiantes. Pero aquellas luchas tenían una virtud extraordinaria: nos obligaban a encontrarnos alrededor de las necesidades concretas del pueblo.
Y Virtudes poseía una capacidad particular para moverse en aquella diversidad sin renunciar a sus principios. Porque si algo la ha caracterizado a lo largo de su vida es precisamente no esconder lo que piensa. Virtudes Álvarez es comunista. Lo dice. Lo proclama. Y se siente orgullosa de serlo.
Nunca necesitó disfrazar sus convicciones para resultar aceptable. Nunca buscó palabras ambiguas para ocultar su pensamiento. Nunca se avergonzó de pertenecer a la izquierda revolucionaria dominicana. Para ella, el comunismo representó la explicación política de muchas de las injusticias que había contemplado desde niña en el campo, en las comunidades y entre los sectores empobrecidos.
Años después llegaría a describir su encuentro con esas ideas como haber encontrado finalmente su hogar político. En tiempos en que tantos cambiaron de discurso según soplaban los vientos de la historia, Virtudes permaneció Virtudes. Y eso, independientemente de que se coincida o no con sus ideas, merece respeto. Porque la coherencia también es una forma de valentía.
La dirigente convertida en símbolo. Su liderazgo trascendió la protesta callejera. Participó en la construcción del Movimiento Independencia, Unidad y Cambio, MIUCA, experiencia política que posteriormente desembocaría en el Frente Amplio. Fue candidata a diputada y continuó posteriormente su militancia en el Partido Comunista del Trabajo, PCT.
Pero reducirla a una candidatura sería no comprenderla. Virtudes pertenece a una generación para la cual la política no comenzaba cuatro meses antes de unas elecciones ni terminaba cuando se cerraban las urnas. La política estaba en el barrio. En la fábrica. En la escuela. En el campo. En la huelga. En la mujer golpeada. En el trabajador mal pagado. En el campesino sin tierra. En el hogar sin electricidad. En la comunidad sin agua.
Su candidatura verdadera fue siempre ante esos sectores.
La mujer y las mujeres
Con el tiempo, otra dimensión se haría cada vez más visible en su pensamiento: la reivindicación histórica de la mujer. Virtudes comprendió que también había una memoria femenina silenciada. Mujeres combatientes. Obreras. Campesinas. Intelectuales. Revolucionarias. Mujeres anónimas cuyas luchas habían sido frecuentemente relegadas a una nota al pie de una historia escrita fundamentalmente por hombres.
De esa preocupación surgieron publicaciones, agendas y trabajos de recuperación histórica.
Su libro Mujeres: huellas, mirada y resistencia, publicado en 2014, reunió reflexiones y perfiles de mujeres de diferentes épocas y corrientes, convirtiendo la memoria femenina en otro territorio de lucha.
Porque Virtudes no ha entendido la emancipación de la mujer separada de la emancipación social. Para ella ambas luchas se abrazan.
La noche en que Balaguer quiso detener una huelga
Recuerdo otra de aquellas jornadas nacionales.
El país estaba nuevamente en tensión. Horas antes del inicio de una huelga, Balaguer convocó al Palacio Nacional a representantes del comité organizador.
El Presidente apareció acompañado de Bebecito Martínez y comenzó a presentar propuestas para evitar que el paro se produjera: autobuses para los transportistas, viviendas para trabajadores y profesionales, aumentos salariales, rebajas en los combustibles y otras concesiones.
En determinado momento advertimos que algunos dirigentes habían desaparecido de la reunión. Después supimos que se encontraban en otro despacho negociando y firmando el levantamiento de la huelga sin esperar la decisión colectiva del comité.
No recuerdo con absoluta certeza si Virtudes estuvo presente aquella noche y no quiero convertir una suposición en un hecho histórico. Pero hay algo que sí puedo afirmar por haberla conocido en aquellas luchas: si Virtudes hubiera estado allí, difícilmente habría aceptado que una decisión colectiva se negociara a espaldas del organismo que había convocado la protesta. Porque para ella la política tenía principios. Y los principios no se entregaban a cambio de prebendas.
La adversaria a la que Balaguer terminó retratando. Por eso resulta extraordinario volver a aquella frase de Joaquín Balaguer. Él, político de inmensa experiencia, observador minucioso de las fortalezas y debilidades humanas, había visto pasar delante de sí generaciones completas de adversarios. Y sin embargo se detuvo en aquella »frágil mujer». ¿Por qué? Porque reconoció algo. Tal vez comprendió que frente a determinados seres el poder tiene límites. Puede apresarlos. Puede vigilarlos. Puede infiltrarlos. Puede perseguirlos. Puede intentar seducirlos. Pero existe un territorio al que ningún servicio secreto puede entrar: la conciencia.Virtudes tenía allí su fortaleza.
Aquella “portentosa fuerza interior” de la que habló Balaguer no era otra cosa que la convicción. Y cuando una convicción verdadera se encuentra con el valor, nace un dirigente. Cuando además se encuentra con sensibilidad humana, nace un líder popular.
Virtudes
Su nombre parece haber sido una premonición.
Virtudes. La muchacha de raíces campesinas.
La dirigente estudiantil. La comunicadora. La organizadora popular. La mujer de las huelgas nacionales. La perseguida. La encarcelada. La candidata. La comunista que nunca escondió ser comunista. La defensora de las mujeres. La escritora que buscó rescatar sus huellas. La adversaria de Balaguer a quien el propio Balaguer terminó definiendo mejor que muchos de sus compañeros.
He conocido a numerosos dirigentes a lo largo de décadas de luchas políticas, gremiales y populares. Unos fueron desapareciendo. Otros cambiaron. Algunos abandonaron las ideas que proclamaban cuando llegaron los tiempos difíciles. Virtudes permaneció aferrada a las suyas.
Podremos discutir siempre las ideologías. Podremos revisar tácticas, estrategias, errores y aciertos. Pero existe una cualidad que la historia termina reconociendo incluso en sus adversarios: la consecuencia. Y Virtudes Álvarez ha sido consecuente. Consecuente con su origen. Consecuente con sus ideas. Consecuente con los trabajadores. Consecuente con las mujeres. Consecuente con aquella niña de Pizarrete que, mientras los adultos organizaban asociaciones campesinas, pasaba listas y tomaba apuntes sin sospechar que estaba comenzando a escribir su propia historia.
Por eso cuando recuerdo a aquella mujer que propuse para convocar una huelga nacional y vuelvo a escuchar las palabras con que Balaguer intentó definirla, pienso que quizás faltó una palabra. Porque aquella mujer: “frágil, casi etérea” era, al mismo tiempo, una mujer de hierro. Y todavía más: una mujer hecha de esa materia invisible de la que están construidos quienes pueden ser derrotados circunstancialmente, perseguidos, encarcelados o vencidos en unas elecciones, pero jamás convencidos de abandonar aquello en lo que creen.
Esa es Virtudes Álvarez. Una mujer con nombre de virtudes y corazón de barricada.

