Por ; Antonio Ledezma
No hay reparación posible si se invierten las responsabilidades.
Mil días preso: a 11 años de mi secuestro.
Hace once años, veinte policías encapuchados y armados derribaron las puertas de mi despacho y me llevaron por la fuerza, sin citación ni debido proceso. Entraron, me sacaron y me encerraron por disentir de la dictadura de Maduro.
Desde 1992 me he opuesto al proyecto bolivariano. Ese camino ha terminado con la destrucción de las instituciones democraticas. Esa postura me costó mas de mil días de prisión entre la cárcel militar de Ramo Verde y arresto domiciliario. Golpes. Huelga de hambre. Persecución. Nada de eso fue excepcional; miles de venezolanos han vivido experiencias similares o peores.
Muchos recuerdan el grito de una vecina cuando me sacaron de madrugada: «¡Se están llevando a Ledezma!». Ese grito recorrió el mundo y quedó grabado como testimonio de la arbitrariedad del régimen de Maduro.
En 2017 logré salir del país, pero para asumir otra forma de lucha desde el exilio. Los reconocimientos que he recibido — el Premio Sájarov, el Premio Libertad de las Cortes de Cádiz, el galardón del Foro España Cívica que recibiré el próximo 26 de febrero junto a María Corina Machado en Madrid — no son personales: pertenecen a todos los que han resistido dentro y fuera de Venezuela.
Once años después sigo en pie. Resistiendo.
EDITORIAL
Finalmente se aprobó la mal llamada Ley de Amnistía. La presentan como un gesto de reconciliación, un decreto que pretende curar lo que solo la verdad puede sanar. Pero no se puede construir reconciliación sobre el silenciamiento de las víctimas ni invirtiendo responsabilidades.
¿Qué significa pedirle a quienes han sufrido prisión, exilio o persecución que se «pongan a derecho» ante jueces de cuestionada independencia? ¿Qué implica exigir gestos de contrición a quienes nunca cometieron delito alguno? El lenguaje puede maquillar la intención, pero la realidad es terca.
Conviene llamar las cosas por su nombre: esta es una ley de grilletes, no de amnistía. Un instrumento diseñado para aliviar la presión internacional sobre la cúpula responsable de tantos abusos y, al mismo tiempo, reforzar los mecanismos de exclusión contra quienes han defendido la voluntad popular. Se intenta vestir de legalidad lo que en esencia es una operación política: limpiar responsabilidades arriba y mantener restricciones abajo.
¡Atención Venezuela y comunidad internacional!
El régimen de Maduro, a través de los hermanos Rodríguez, intenta venderle al mundo una «Ley de Amnistía» que no es más que una trampa de seda.
Debemos llamarla por su nombre: es la #LeyGrilletes.
Esta no es una medida de gracia ni de reconciliación; es una maniobra perversa para: 1-Blanquear a los victimarios y limpiar las sanciones que pesan sobre la cúpula criminal.
2- Institucionalizar la exclusión, redoblando los grilletes judiciales contra los militares, policías y civiles como @MariaCorinaYA aplicándole la “ley grilletes” como inhabilitación perpetua, o reprendiendo impedir que la voluntad del pueblo se exprese.
No aceptamos migajas de libertad mientras mantienen secuestrada la soberanía. Los demócratas del mundo no pueden dejarse engañar por este barniz de legalidad. ¡Venezuela decidió cambiar y no habrá grillete que detenga la fuerza de la libertad!
No aceptamos migajas de libertad mientras el país continúa sometido. La comunidad democrática internacional no puede dejarse seducir por este barniz jurídico.
Lo que hemos visto con esta ley ilustra exactamente el argumento que el Secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, planteó esta semana en el foro mundial de seguridad en Múnich: el sistema multilateral surgido de la posguerra es incapaz de responder con eficacia a crisis prolongadas y profundas como la que ha vivido Venezuela en las últimas décadas. Resoluciones que no se cumplen, informes que no detienen abusos, exhortaciones que se diluyen en la diplomacia y ahora leyes que no hacen más que verter sal sobre la herida.
Ese contexto obliga a pensar en una actualización del orden internacional, en mecanismos que protejan de verdad a los pueblos cuando sus instituciones han sido debilitadas. La soberanía no puede convertirse en escudo automático para perpetuar situaciones que lesionan derechos fundamentales. Tampoco puede utilizarse de forma selectiva según convenga a intereses del momento.
Le entregué el León de Caracas a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en reconocimiento a su solidaridad inquebrantable con la causa democrática venezolana.
En medio de todo esto, esta semana tuve el honor de reconocer la solidaridad inquebrantable de Isabel Díaz Ayuso con la causa democrática venezolana. Antes de ser presidenta de la Comunidad de Madrid ya acompañaba a miles de venezolanos en la Puerta del Sol. Lo hizo cuando el tema no ocupaba titulares y lo ha seguido haciendo desde responsabilidades mayores. Su coherencia no depende de encuestas ni de modas diplomáticas; lo siente de verdad. Los venezolanos siempre le estaremos agradecidos. Para muchos compatriotas en el exilio, Madrid se convirtió en un espacio de encuentro y de esperanza. Encontrar allí autoridades que no rehuyeron nuestra causa ha sido un respaldo importante.
Los hechos de esta semana hacen inevitable pensar en políticos de otra talla, como Arístides Calvani. A pesar de venir de tradiciones políticas distintas, coincidimos en concebir la política como servicio al país y no como instrumento de conveniencia personal. Calvani entendía la dimensión continental de nuestras responsabilidades y practicaba una diplomacia que sumaba, que elevaba, que buscaba convergencia sin diluir principios.
Hoy, cuando se discuten fórmulas que pretenden cerrar capítulos sin asumir responsabilidades, la figura de Calvani nos recuerdan que la política de altura es posible. La libertad no se negocia. La justicia no puede ser sustituida por decretos que cambian el relato sin reparar el daño. Venezuela necesita instituciones reconstruidas sobre bases sólidas, aliados que comprendan la magnitud del desafío y dirigentes capaces de sostener principios incluso en circunstancias adversas. Rechazamos acuerdos apresurados que confundan olvido con reconciliación.
Estamos convencidos de que la verdadera reconciliación solo será posible cuando venga acompañada de verdad y de garantías de no repetición.
En Profundidad
Multilateralismo en revisión y el caso venezolano
A propósito del reciente discurso de Rubio, examino el desgaste del sistema multilateral y sus limitaciones frente a crisis prolongadas como la venezolana. Reflexiono sobre el uso selectivo del concepto de soberanía y sobre la responsabilidad de la comunidad democrática cuando un Estado deja de proteger a sus ciudadanos. Venezuela no es un conflicto convencional; es un entramado político con ramificaciones internacionales que exige claridad moral y decisiones coherentes.


