
Las razones -tanto por los vínculos sanguíneos como por las cicatrices imborrables-, continúan en el limbo de las suposiciones y los remordimientos, esfumándose. Con todo, aquellas horas tormentosas revelarían uno de los episodios menos comprendidos y más abominables de nuestra historia reciente. Que una criatura inocente, traicionada y ligada familiarmente a su verdugo, haya sido sometida a semejantes niveles de sufrimiento y brutalidad, parecería inconcebible, una herida imposible de cerrar.
Hurgando en el filo punzante de la memoria, cuesta creer que las armas empleadas, las indumentarias, los objetos de los involucrados (bajo custodia policial) desaparecieran como por arte de magia, eliminando las causas probables, las maniobras de los participantes y, por supuesto, el número real de los justiciables. Apenas dos serían declarados culpables…
Las deficiencias legales, procesales y criminalísticas -iniciando con la adulteración y contaminación de la escena- fueron, en todo caso, catastróficas. Desde el principio de la indagación, trastocaron el relato fáctico y, en consecuencia, los elementos de ese sadismo inclemente y a la postre incalificable.

Mario José Redondo Llenas decidió, quien sabe por cuáles circunstancias, torcer por completo el curso aciago de los acontecimientos.ARCHIVO/LD
El 4 de mayo, después de ser secuestrado por su primo Mario José Redondo Llenas y su cómplice, Juan Manuel Moliné Rodrigez, el menor José Rafael Llenas Aybar, de 12 años, apareció con múltiples heridas punzopenetrantes, medio sumergido en un arroyo en Pedro Brand, próximo al kilómetro 24 de la autopista Duarte. El país, que había seguido con agobiante desvelo su alarmante desaparición, pareció hundirse en la incredulidad y en el agujero negro de una pesadilla insuperable.
La víctima, como sus verdugos, pertenecía a una familia de clase media alta de la capital. Desprevenido, con permiso de su madre, el niño cayó en la red de una coartada brutal y delirante: saldría con su primo “a presenciar una exhibición de motocicletas” en una reconocida plaza del Distrito Nacional.
Planificado inicialmente el secuestro -en compañía de Moliné Rodríguez-, al instante fue desestimado. Redondo Llenas decidió, quien sabe por cuáles circunstancias, torcer por completo el curso aciago de los acontecimientos.
Atado de manos y pies dentro del baúl de un carro, en lugar de los diez millones del rescate, procedieron a inscribir uno de los capítulos familiares más sangrientos y espantosos del siglo XX dominicano. En la conmoción del suceso y la opresión del instante, determinaron lo peor: asesinar, insensiblemente, al adolescente vulnerable. Ese 4 de mayo, entre horas angustiosas y desesperantes, su cuerpo fue encontrado por lugareños en las inmediaciones del arroyo Lebrón, en condiciones inenarrables.
El escenario no podía ser más dantesco: un cuerpecito indefenso, treinta y cuatro veces apuñalado, atado y envuelto con cintas adhesivas, mostrando una herida ignominiosa y profunda en su cuello frágil y delgado. Para los investigadores, un indicio casi fortuito reconstruyó la evidencia crucial: el número telefónico de la novia de Moliné Rodríguez, hallado en aquel lugar, señaló el camino que conduciría hasta los perpetradores del pavoroso asesinato.
Meses después -nunca mencionados en los interrogatorios practicados- aparecieron los nombres y apellidos de una familia argentina (Palmas Meccia) que, al amparo de la inmunidad diplomática, abandonó el país sin que ninguno fuera citado.

Este 5 de mayo, Mario José Redondo Llenas, de conformidad con la sentencia que lo mantuvo treinta años en prisión, salió en libertad. Cumplida la pena impuesta, surge la pregunta inevitable: ¿ha logrado el sistema penal su finalidad de retribución y reinserción social? Lejana, pero incurable, ¿qué perdura de aquella atrocidad? ¿Cómo invocar arrepentimiento, perdón, absolución social?
Entre las grietas, los días venideros hablarán…


