domingo, octubre 4, 2026
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¿Cómo definir la crianza hipermoderna?

En antropología y en las ciencias pedagógicas ya no se habla de la crianza, sino de “las crianzas”. El enfoque ha variado tanto que la mayoría de los estudios han despojado de rigor académico la idea de una crianza natural, modélica o correcta.

Distinto a otras especies, el bebé humano nace diseñado para la crianza compartida. Ese tótem evolutivo explica por qué, en sociedades cazadoras-recolectoras, una criatura pasaba la mitad del tiempo en brazos de otras personas. Fuimos, y seguimos siendo, criadores cooperativos: pasamos por el regazo de abuelas, tías, hermanas mayores y, en último término, de los padres.

Para Sarah Hrdy, el canon de madre 24/7 –ficción tan agotadora como reciente– expresa una anomalía evolutiva que contribuye a la fatiga física y mental y a la depresión postparto. El mito del instinto y de la crianza universal fue desplazado por una variedad distintiva de etnopedagogías singulares.

David Lancy, estudioso de múltiples culturas, arriba a una conclusión chocante pero incontrovertible: en la mayoría de las sociedades, los niños son criados para ser útiles, no para ser felices. Esta condición abre paso a probabilidades inciertas y a sombras futuras.

La clásica doctrina del niño como centro de la familia (con juego libre y estima constante) es una peculiaridad histórica, inventada por la clase media urbana-occidental del último medio siglo. Puede funcionar en determinados contextos, mas no dicta una norma humana de aceptación universal.

Alison Gopnik, autoridad mundial en la materia y considerada la anti-gurú de la crianza moderna, sostiene que los animales nacen casi listos, mientras nosotros, inútiles al principio, debemos aguardar hasta los10 años, pues el cerebro infantil viene configurado para aprenderlo todo.

Gopnik desglosa que la parentalidad intensiva (absorbente, centrada en el niño, intensa, costosa y guiada por expertos) descansa en estudios poco fundamentados que, con frecuencia, culpabilizan a las madres cuando fallan las expectativas. Critica que esta construcción social puede causar más daños que bienestar. Radical y rupturista, agrega que cada juego libre que se obstaculiza en el niño, incluso para imponerle determinadas tareas, es una forma de sabotear el aprendizaje.

Pese a sus diferencias, las escuelas heterogéneas conservan un piso común: el cerebro y el cuerpo de un niño jamás entienden la agresión. Cada golpe, grito, descalificación y castigo resultan inútiles; al final se padecerán y replicarán según encuentren terreno propicio. La salud mental abre otro abanico ancho y difuso: la violencia oculta puede interpretarse como mecanismo para “aprender” a lidiar con el sufrimiento, pero añadir sufrimiento a quien ya soporta suficiente acarrea frustraciones ineludibles.

La crianza latinoamericana oscila entre el apego precario y el desapego estructural. En numerosos contextos familiares persisten prácticas violentas que se justifican bajo el supuesto de corregir y disciplinar; en ese marco la “buena crianza” queda suspendida de un hilo quebradizo y circunstancial.

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