Por: Antonio Ledezma
Venezuela no está destinada a sobrevivir en la mediocridad ni a resignarse a su postración. Venezuela está llamada a convertirse en el Estado número uno de las Américas.
No es arrogancia. No es petulancia. Es realismo político sustentado en nuestras potencialidades palpables.
Somos una nación privilegiada por la naturaleza y fortalecida por su gente. Poseemos reservas energéticas que siguen siendo un imán para el mundo, pero también contamos con tierras fértiles capaces de transformarnos en una potencia agroproductiva; con unas reservas hídricas extraordinarias que pueden garantizar desarrollo sostenible; y con un patrimonio natural que nos abre las puertas del turismo competitivo en todas sus dimensiones.
El verdadero motor: la gente
Pero, ¿cuál es el verdadero motor de esa transformación? Nuestra gente.
Venezuela no se limita a depender de esas riquezas con que nos ha dotado la madre naturaleza. Tenemos un patrimonio excepcional representado en nuestro talento humano.
Ese mismo talento que hoy se encuentra disperso en un doloroso y forzado destierro, pero que ha demostrado, en cualquier latitud, su capacidad para crear, innovar y prosperar.
Ese capital humano será la piedra angular de la reconstrucción nacional.
Una nación rica atrapada en la precariedad
Sin embargo, ninguna de estas fortalezas podrá desplegarse plenamente mientras permanezca en pie esta dictadura asustadiza que ha envilecido salarios, devastado instituciones y sumido al país en una pobreza paupérrima.
Somos, hoy, una nación paradójica: inmensamente rica en recursos, pero con su gente atrapada en la precariedad.
He visto, he vivido y he padecido las consecuencias de ese modelo ignominioso que sustituyó el Estado de Derecho por un estado de ánimo caprichoso.
Un sistema donde la justicia depende del antojo del poder y donde la soberanía fue secuestrada y administrada como botín.
Venezuela puede reinventarse. Y lo hará sin improvisaciones, sin saltos al vacío, pero con una visión estratégica clara.
Educación para reconstruir la nación
Frente a ese panorama, surge una certeza que no admite dudas: Venezuela puede reinventarse.
Y lo hará sin improvisaciones, sin saltos al vacío, pero con una visión estratégica clara, sostenida en un liderazgo que ha sabido interpretar el mandato indomable del pueblo venezolano.
En esa dirección se inscribe el Plan Tierra de Gracia, cuya presentación internacional ha reafirmado una línea estratégica medular: la educación como columna vertebral de la transformación nacional.
Porque sin educación no hay libertad sostenible. Sin educación no hay prosperidad duradera.
Venezuela necesita rescatar su ejército de educadores, hoy disperso por el mundo como consecuencia de salarios envilecidos y condiciones indignas.
Necesita reconstruir sus escuelas, liceos y centros universitarios, hoy convertidos en estructuras que reflejan el abandono, consecuencia de un modelo fracasado.
Necesita modernizar su sistema educativo, incorporando la digitalización monitoreada y la inteligencia artificial, pero sin renunciar al contacto con los libros, esos compañeros insustituibles en la formación del pensamiento crítico.
Educación para la libertad, no para el dogma
Y conviene subrayarlo: la educación que requerimos no es para domesticar conciencias ni para reproducir dogmas ideológicos.
Es una educación para la libertad, para el emprendimiento, para la innovación.
Una educación que forme ciudadanos capaces de generar riqueza, de competir globalmente y de construir su propio destino con dignidad.
Ese es el camino para convertirnos en el Estado número uno: un país donde impere la seguridad jurídica, donde se respeten las reglas claras, donde la propiedad privada sea garantía de progreso y donde la meritocracia sustituya al clientelismo.
Superar el rentismo
Venezuela será el hub energético de las Américas. También será un hub tecnológico, sí.
Pero también será una potencia agroindustrial, un destino turístico de referencia y una nación que aproveche racionalmente su riqueza hídrica para impulsar su avance en el marco de un proceso sostenible.
Esa diversificación será la clave para superar el rentismo y consolidar una economía robusta y moderna.
No queremos pasar de víctimas a verdugos. Queremos justicia, no venganza.
Justicia, soberanía y porvenir
Reitero lo que he argumentado en anteriores crónicas: no queremos pasar de víctimas a verdugos.
Queremos justicia, no venganza.
Y esa justicia comenzará por restituir plenamente la soberanía que nos legaron nuestros libertadores aquel 5 de julio de 1811 y que se consolidó en Carabobo en 1821.
Esa soberanía no se negocia, no se alquila y no se entrega.
Venezuela no está condenada al atraso. Venezuela está llamada a forjar y liderar su propio porvenir.
Por eso, con la serenidad de quien conoce su historia y la firmeza de quien asume su destino, afirmamos: seremos, con el esfuerzo de todos, el Estado número uno de las Américas.
Venezuela no está condenada al atraso. Venezuela está llamada a forjar y liderar su propio porvenir.


